Os lo agradezco, de verdad, pero no me hacen falta maestros Jedi que me ayuden a ver el mundo tal y como es. Os pensáis que mi idealismo, ese que parece que os remueve las entrañas y a la vez os conmueve, es insano, consecuencia de una mente poco espabilada, tonta o incluso loca (lo de loca, la verdad, no lo descarto, xDxD). Sin embargo, cuando me oís hablar de Pangea (así es como llamo yo a mi planeta repleto de Osos amorosos, ponies y edificios hechos con ladrillos de piruleta donde no hay fronteras políticas y cada ser vivo es hijo de sí mismo, jeje) vuestros ojos me muestran al niño que fuisteis y entonces os veo como las personas que queréis ser y que el mundo no os deja ser.
Si yo he cedido a la ilusión (que, lo reconozco, se rasga por momentos haciéndome sangrar por dentro como una auténtica cerda), vosotros habéis cedido a la desilusión permanente. Y de acuerdo, no os discuto que en la desilusión se viva más o menos bien, de manera cuanto menos confortable; no lo discuto porque es lógico: aceptando a la desilusión tal y como es la desilusión te lo va a dar todo: “todo” es nada en este caso. Y reconozco también, no os vayáis a pensar, que aceptarla y vivir en ella es señal de inteligencia, de inteligencia, eso sí, acomodaticia (inteligencia un poco aburguesadilla, diría yo).
En cambio, residiendo en la ilusión nunca se está bien. Es así, ¿Qué por qué? Bueno, la ilusión nos parte en dos y la verdad es que resulta bastante incómodo andar por ahí “de ese xeito”; más que incómodo, duele un poquito. Ahora en serio, la ilusión nos parte, sí, nos parte (en) muchas cosas: para empezar, nos separa el cuerpo de la mente y a esta última la divide en dos. Una parte de la mente (a la que llamaré Heidi, Rizitos de oros, Rapuntzel o como os salga del nabo [los ilusionados somos unos auténticos maleducados]) se limita a caminar por terrenos paradisíacos, ve falafel donde sólo hay boñigas y oye campanas donde sólo hay ladridos. Nuestro cuerpo, sin embargo, camina por el frío suelo de la ciudad y es la otra parte de nuestra mente la que se encarga de la exquisita comparación entre el asfalto y el Paraíso; esta mente es la realista, la racionalista y nos conduce siempre inevitablemente a la esperanza o al desengaño. Como los ilusionados solemos tener bastante labilidad emocional estamos constantemente viajando de lo uno a lo otro, de la esperanza de un mundo mejor al desengaño absoluto. Vivir en la ilusión es, en definitiva, terriblemente cansado. Por fortuna, el desengaño absoluto en el ilusionado dura poco, lo que tarda la primera mente en hacer de un muro una pared de esos ladrillitos de gominola que tanto me gustan. A los desengaños, nosotros, nos los comemos con patatas.
Otra cosa, ojo, el ilusionado no nace, se hace a sí mismo. El que nace ilusionado es idiota, sin más. Si tras la primera mirada a este mundo te forjas una ilusión es que eres parvo. No, yo por ejemplo cuando nací miré, miré…. Y tuve que poner gafas de sombra de inmediato. La sombra era tan fuerte, tan fuerte que me alelaba la mirada y me hacía estar cada vez más ciega, así que puse un algo de luz y tras volver a mirar me dije: “coñoo… si tras la sombra hay un algo de luz”. Y así fui, viendo luces tras las sombras creadas por vosotros mismos. Y lo curioso es que nunca encuentro tanta luz como cuando os miro a vosotros. No sabéis la de luz que puede habitar tras un cuerpo opaco.
En fin, que no sé de qué iba esto. Ah sí! Que no soy Rapuntzel, ni Blancanieves, que sé dónde vivo, que no me tenéis que salvar de mi ilusión que, según vosotros, me conducirá al llanto. Preocupaos vosotros, por favor, de encontrar unas gafas que os ayuden a ver la luz detrás de las sombras.
Bueno, me voy ahora con Pepito Grillo, como siempre. XDxD.
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