Recuperando la palabra; no la hermosa, que esa nunca anduvo conmigo (soy muy mala amante), sino la cotidiana.
Hace un tiempo la palabra se me fue, se mudó a otro sitio (quizás a un lugar menos hostil) y me dejó impresiones, recuerdos de lo que era poder llamar a las cosas ya no sólo por su nombre, sino por el de otro. Sinestesias, metáforas, auténticas alegorías me alegraban la vida y de repente, y sin saber por qué, sobrevino la nada…
Mi gran temor en esta vida: perder la capacidad para expresar lo visible y lo invisible. Volverme muda, inexpresiva, corriente, un robot.
Escribir me permitía hasta hace poco salirme del escenario, no reír cuando lo que quería hacer era llorar y llorar cuando realmente lo que quería hacer era llorar. Y ahora ya no tengo eso. Simplemente habito en un mundo de sensaciones que ni siquiera sé catalogar ni expresar y que se me agolpan en la cabeza haciendo que sea cada vez más insoportable vivir aquí dentro; no porque no me guste, sino porque es cansado. Sentir tanto y no poder derramar las impresiones en una comprensiva pantalla de ordenador convierte mi mundo interior en un auténtico agujero negro que me consume.
Es curioso, ahora sólo veo colores, formas. La mayoría de las personas se me muestran como figuras geométricas multitono, herméticas, desagradables, de tonos umbríos (umbrío! Está bien recuperar esa palabra!) y sólo las que se difuminan en el ambiente me causan simpatía; sin embargo, no soy capaz de decir nada de ellas, ni inventar historia alguna sobre sus vidas en mi cabeza. Sólo eso, colores, impresiones y de vez en cuando alguna que otra palabra infantil que se pega a sus ropas y me echa la lengua.
El proceso es el siguiente: existe un lugar en mi texto donde debe trabajar una palabra determinada, la convoco, no viene, le doy cita y llega con retraso y una vez se presenta en mi despacho desaparece y me deja sola, con el recuerdo de su aptitud para mi texto y una gran zozobra en mi cabeza. Busco sustituta, no encuentro, ni siquiera en la lista de palabras desempleadas de la derecha del Word. Horror! Otra tarde lamentando la pérdida de una palabra que nunca tuve trabajando para mí.
Las palabras vienen a mi cabeza y desaparecen incluso antes de que las haya “aprehendido”. Una y otra vez. Simplemente, es así.
Hace un tiempo la palabra se me fue, se mudó a otro sitio (quizás a un lugar menos hostil) y me dejó impresiones, recuerdos de lo que era poder llamar a las cosas ya no sólo por su nombre, sino por el de otro. Sinestesias, metáforas, auténticas alegorías me alegraban la vida y de repente, y sin saber por qué, sobrevino la nada…
Mi gran temor en esta vida: perder la capacidad para expresar lo visible y lo invisible. Volverme muda, inexpresiva, corriente, un robot.
Escribir me permitía hasta hace poco salirme del escenario, no reír cuando lo que quería hacer era llorar y llorar cuando realmente lo que quería hacer era llorar. Y ahora ya no tengo eso. Simplemente habito en un mundo de sensaciones que ni siquiera sé catalogar ni expresar y que se me agolpan en la cabeza haciendo que sea cada vez más insoportable vivir aquí dentro; no porque no me guste, sino porque es cansado. Sentir tanto y no poder derramar las impresiones en una comprensiva pantalla de ordenador convierte mi mundo interior en un auténtico agujero negro que me consume.
Es curioso, ahora sólo veo colores, formas. La mayoría de las personas se me muestran como figuras geométricas multitono, herméticas, desagradables, de tonos umbríos (umbrío! Está bien recuperar esa palabra!) y sólo las que se difuminan en el ambiente me causan simpatía; sin embargo, no soy capaz de decir nada de ellas, ni inventar historia alguna sobre sus vidas en mi cabeza. Sólo eso, colores, impresiones y de vez en cuando alguna que otra palabra infantil que se pega a sus ropas y me echa la lengua.
El proceso es el siguiente: existe un lugar en mi texto donde debe trabajar una palabra determinada, la convoco, no viene, le doy cita y llega con retraso y una vez se presenta en mi despacho desaparece y me deja sola, con el recuerdo de su aptitud para mi texto y una gran zozobra en mi cabeza. Busco sustituta, no encuentro, ni siquiera en la lista de palabras desempleadas de la derecha del Word. Horror! Otra tarde lamentando la pérdida de una palabra que nunca tuve trabajando para mí.
Las palabras vienen a mi cabeza y desaparecen incluso antes de que las haya “aprehendido”. Una y otra vez. Simplemente, es así.
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