Llorar, llorar está bien. Y hablar. A veces es bueno hablar. Yo hablo mucho, sí, pero digo poco. Pero estos días, estos días estoy diciendo mucho, verdades… Y llorar, ¡qué poco lloro, madre mía! Llorar es tan de endebles que ni me lo permito. Mis lágrimas son siempre mil pasos acelerados en el paseo de Coruña, un corazón bombeando sangre y la rodilla que me ciñe el dolor al cuerpo…
Sí, lo reconozco: me he construido un sinfín de matáforas para romper a llorar por dentro sin que nadie lo note. Hmmm… Quizás por eso me pese tanto a mí misma al caminar…. Retención de líquidos, “diske”. ¡Bah! ¡Paparruchas! ¡Lágrimas, coño! ¡Lágrimas! Las personas que retenemos líquidos somos en realidad unas auténticas infelices. Hay días en los que si nos agitasen como cocteleras dentro sonaría “glub, glub” y ahora que lo pienso es muy posible que sea así como se me ahoguen las ideas…
Pero llorar, llorar así, a secas (¿cómo se puede llorar a secas?), como lo hace mucha gente… Hay que estar como regaderas. Sí, las personas regaderas van por ahí diluviando, mojando su vida y la de los demás, resbalando entre lágrimas y haciendo resbalar a muchas cocteleras… ¡Aghh, por Dios! No aguanto a las regaderas, de verdad. Son tan simples… Llueve encima de ellas y achican el agua a la mínima de cambio ¡Y las penas no están para achicarlas! Están para embotarlas y agitarlas en un cuerpo fuerte, metálico, nuestro cuerpo, hasta que se destilan y de ellas rezuma un sabor amargo, duro y embriagador. Pero achicarlas…!Es que es de regaderas! Las personas regadera son débiles y punto, no hay otra. No aguantan sus penas dentro de sí y las escurren por entre las grietas de su cuerpo, filtrándolas en el asfalto, donde se confunden con la lluvia de ciudad. Bueno, en el asfalto o en el Zara de
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