RAIN

martes, 6 de abril de 2010

Lo humano de necesitar un abrazo y lo sobrehumano (y humillante) de pedirlo.

Hay personas a las que admiro que tienen por costumbre pedir abrazos cuando los necesitan. Y no son en absoluto esa clase de buitres que van por la vida ejerciendo el oficio de plañideros para arrebatar de la primera persona que se les cruce un buen abrazo “roba-energías”. No, estas personas no dan lástima ni ejercen sobre los demás el consabido chantaje emocional; son inteligentes, aparentemente frías aunque sensibles en el fondo y, sobre todo, orgullosas. Sin embargo, a pesar de su orgullo, tienen la asombrosa facultad de acercarse a un@ con pasmosa dignidad y decir con ojillos tiernos: “por favor, ¿podrías darme un abrazo?” (Cabe decir que el condicional va siempre asociado a la petición de abrazo de esta clase personas; su inteligencia les lleva siempre, y de manera muy conveniente, al empleo de la fórmula “cortés” [Would you…?] para obtener un mayor grado de honorabilidad y no dañar así su orgullo o, lo que es lo mismo, para no dañar su imagen).

... Saber cuándo, a quién y cómo pedir un abrazo sin resultar una persona cargante y al mismo digna es un aprendizaje muy complejo que requiere de un gran dominio en cuanto a relaciones sociales. El asunto es el siguiente: ¿por qué yo, diestra escudriñadora de la vida social de las personas y aprendiz sempiterna de lo que la conducta humana me tiene que enseñar “non sou quen” de pedir un jodido abrazo cuando lo necesito? Me cago en la puta… Hostia.

Necesito un puñetero abrazo, joder.

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