RAIN

viernes, 25 de diciembre de 2009

Parte de una respuesta a una recomendación de lectura. "El artista del hambre" (Kafka)


... Porque no pude encontrar comida que me gustara…


Lenin, me ha encantado el relato de Kafka y al mismo tiempo lo he odiado;. Sí, lo he odiado (y quizás sea este el motivo por el que me ha encantado), porque en él he visto reflejados los dos tipos de seres humanos que habitan el mundo y la indiferencia con que los unos (claros vencedores de su estirpe) miran a los otros. Lo he odiado porque me ha obligado a posicionarme (una vez más) como clara vencida y, por tanto, como un cadáver viviente que se empeña en seguir viviendo no por haraganería (vivir es lo más fácil), sino por cierta suerte de optimismo que viaja conmigo a cada instante.

Al contrario que el ayunador, yo todavía creo en los manjares suculentos, sobre todo en los que se hornean a fuego lento en la mente de cada uno, los que se cocinan con los pocos ingredientes exquisitos que quedan aún en el rastro gastronómico de la ciudad; esos que cuando se encuentran condimentan a la perfección el triste caldo en que se convierte la vida cada vez que un@ se levanta.

A medida que avanza el día, y si es@ un@ todavía conserva el ánimo para inventarse como avezado buscador de esencias, ese caldo irá ganando en “gustos” y cuando llegue la noche no sólo alimentará un buche enfermo, sino que también hará las delicias de un paladar desmemoriado. Será el recuerdo de ese sabor delicioso el que nos convierta a la mañana siguiente en ese buscador o buscadora de esencias, en un genuino Grenouille con capacidad de destilar del sabor más rancio, el sabor más perfecto de todos.

Sí, todos hemos sido, somos o seremos el ayunador en algún momento de nuestras vidas.

Algún día, movidos por alguna extraña clase de nobleza personal, algun@s nos encerraremos en una jaula NO por voluntad propia, sino por necesidad. Sí, nos encerrarán y entonces veremos la indiferencia con la que los demás deambulan a nuestro alrededor. Nadie aparentará fijarse en nosotros, tod@s fingirán no estar en la misma jaula en la que empalidecemos y en la que nos consumimos, pero la realidad será otra: si logramos generar expectación pública será porque esos, los que se hacen llamarse a sí mismos los otros, son capaces de reconocer los barrotes que observan a dos metros de distancia; sí, se levantan con ellos de la cama, los emplean para remover el café de la mañana, los cargan a la espalda y se los llevan al trabajo. Si no generamos expectación pública es porque esos, los que se hacen llamar a sí mismos los otros, son capaces de reconocer los barrotes que observan, esta vez con aparente indiferencia, a quince metros de distancia. Otro “sí”: las dos únicas diferencias entre estos dos tipos de “otros” son apenas 13 metros y el fingimiento de una actitud indolente (grandes diferencias estas!). Los barrotes son los mismos para los tres y la honestidad es desigual en cada caso. Creo que no hace falta que recuerde quiénes son para mí los nobles, los honestos.



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