Vuelvo a la dinámica diaria del psicoanálisis bloguero…
No sé por qué, pero cuando mi sangre empieza a oler a invierno se vuelve densa y me convierte en un ser cursi, y sentimental que necesita hablar urgentemente con una comprensiva pantalla de ordenador. De verdad que en invierno me intoxico a mí misma con mi pastelonería; parece que me han rebozado las entrañas en azúcar glass hasta convertirme en un polvorón, y, si os digo la verdad, detesto los polvorones!! Son un pegote rechoncho, plomizo e indigesto que ni Dios se come porque a su lado, en la bandeja de los postres navideños, está D. turrón Suchard, exhibiendo su dureza almendrada. Grrr…. Turrones de ciudad, siempre tan perfectos. @#$%&…
En fin, que es lo que hay, que soy así y como no puedo negarme a mí misma me temo que retomaré la rutina para mí sana y necesaria de dejarme ser en este “mi huequito personal” (Miguel tiene razón, eso de “huequito personal” suena fatal, sólo me falta añadir “Llámame, mmm”.).
Eso, que mejor dejarse ser por aquí que no por allá, por la vida dicen que real, donde todo el mundo es turrón, pero no del blando, no, sino de ese de Alicante, duro como una piedra, que jamás se rompe ni se deshace ante nada (pobres turrones de ciudad, siempre tan… duros).
Lo tengo decidido, yo estas Navidades me pienso comer un polvorón pulverulento, pastoso y empalagoso mientras mis padres y mi hermano se dejan los dientes en el insensible turrón alicantino. No sé, a lo mejor los polvorones dejan buen sabor de boca… Todo puede ser.
No sé por qué, pero cuando mi sangre empieza a oler a invierno se vuelve densa y me convierte en un ser cursi, y sentimental que necesita hablar urgentemente con una comprensiva pantalla de ordenador. De verdad que en invierno me intoxico a mí misma con mi pastelonería; parece que me han rebozado las entrañas en azúcar glass hasta convertirme en un polvorón, y, si os digo la verdad, detesto los polvorones!! Son un pegote rechoncho, plomizo e indigesto que ni Dios se come porque a su lado, en la bandeja de los postres navideños, está D. turrón Suchard, exhibiendo su dureza almendrada. Grrr…. Turrones de ciudad, siempre tan perfectos. @#$%&…
En fin, que es lo que hay, que soy así y como no puedo negarme a mí misma me temo que retomaré la rutina para mí sana y necesaria de dejarme ser en este “mi huequito personal” (Miguel tiene razón, eso de “huequito personal” suena fatal, sólo me falta añadir “Llámame, mmm”.).
Eso, que mejor dejarse ser por aquí que no por allá, por la vida dicen que real, donde todo el mundo es turrón, pero no del blando, no, sino de ese de Alicante, duro como una piedra, que jamás se rompe ni se deshace ante nada (pobres turrones de ciudad, siempre tan… duros).
Lo tengo decidido, yo estas Navidades me pienso comer un polvorón pulverulento, pastoso y empalagoso mientras mis padres y mi hermano se dejan los dientes en el insensible turrón alicantino. No sé, a lo mejor los polvorones dejan buen sabor de boca… Todo puede ser.
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