RAIN

domingo, 27 de septiembre de 2009

El Frankenstein de los discursos.

Ya sé por qué no me gustan los trabajos académicos y también por qué no me gusta ceñirme a sus normas de construcción. Los trabajos académicos son los hijos predilectos de sus autores, textos producidos por la mano de tristes funcionarios del lenguaje que se dedican a crear lo que el Estado del Conocimiento les obliga. Son discursos nacidos en una probeta de laboratorio, donde rigurosos científicos (casi siempre machos) invierten el proceso natural reproductivo y obligan a las ideas ovocitas a fecundar argumentos acreditados con el propósito de engendrar zigotos textuales desmadrados (en todas sus múltiples acepciones), abstrusos en cuanto a su género y desagradecidos, pues casi nunca llegarán a compensar a sus creadores por todo el esfuerzo empleado en su nacimiento.
Como Frankenstein, los textos académicos huirán de la mente de su progenitor y se rebelarán contra él matándolo poco a poco, dejándose a sí mismos como única prueba viviente de la labor de un ser humano neurótico y obsesivo, empeñado en crear algo que va contra natura y que no todo el mundo, además, podrá comprender.
Sí, el trabajo académico es antinatural: los convencionalismos jamás deberían ser fecundados por ideas desligadas de la mente que las vio nacer, sino que deberían ser los propios convencionalismos los que fecundasen a las ideas; así, los textos resultantes serían la consecuencia del acto amoroso entre una persona sin función y sus propias ideas o las de otros y los convencionalismos el pañal que impidiese que de los textos saliese una “cagada”.
Las ideas deberían fundar textos, las personas deberían estar en ellos bajo el sobrenombre de sí mismas para no tener que proteger a las ideas (que protegen a sus “autores”) con absurdas citas bibliográficas. Las personas no deberíamos tener funciones que nos atormentasen a la hora de decir las cosas. Los textos no deberían tener más valor que el propio valor de las ideas que hay en ellos; ideas libres, creativas, expresadas de mil modos diferentes.
Como Frankenstein, los trabajos académicos sólo se tienen y sólo se tendrán a sí mismos. Jamás podrán conversar con ninguna niña en la orilla de algún que otro río sin matarla de aburrimiento o de terror. Jamás serán comprendidos por el vulgo y el milagro que encierran dentro de sí morirá con ellos.

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