Si volviese a nacer, haría muchas más cosas: para empezar, me obligaría a hacer algo que en la actualidad me aburre mortalmente, que es leer. Leería para saber en qué mundo me ha tocado vivir y también para poder disfrutar más a fondo de mi imaginación, no por otra cosa; el conocimiento estancado, ese que no sirve nada más que para quedar de imbécil prepotente jugando al Trivial Pursuit me aburre soberanamente y, además, me irrita. No, al conocimiento lo convertiría en mi juguetito personal y me serviría, además de para saber quién es Wislawa Szymborska, Lautreamont, Alejandra Pizarnik y otros muchos nombres que ni siquiera sé pronunciar, para poder enredar constantemente con mis ideas sobre el mundo, para lograr mantenerlo en constante movimiento.
Si volviese a nacer, aprendería también idiomas; me matricularía en otro centro que no fuese el “Conservero municipal de Música enlatada” (Mozart debe de estar aburridísimo en su lata de sardinas) y empezaría los estudios de canto. También me marcharía a Santiago a estudiar, y no precisamente filología. Tal vez alguna ciencia social, no sé cual.
Si volviese a nacer, cogería el avión una y otra vez para ver el mundo hasta perder el miedo a la gravedad; cometería más errores a conciencia (cometerlos por equivocación no tiene apenas gracia y es indicio, además, de una estupidez que, bien mirada, tampoco me importaría demasiado); me pasaría el día escribiendo sin preocuparme de si lo que escribo tiene o no sentido y, si volviese a nacer, me preocuparía muy mucho por aprender no una nueva palabra cada día (¡qué mérito tiene eso! ¡Ya están todas inventadas!) sino el significado inexplorado de alguna vieja palabra de manual: cruzaría la calle Rosalía de Castro, en Santiago, sólo para poder ver cómo se siente la palabra “calle” desde otro ángulo diferente y pararía seguramente a algún transeúnte con ideas tan raras como las mías para compartir el hallazgo en la cafetería Garigolo. Allí inventaríamos significados nuevos sobre las cosas del mundo y quién sabe si hasta sobre mundos nuevos.
También haría más valentonadas, la verdad… No dejaría tampoco de preguntar cosas a los demás y sí en cambio dejaría de hacerme preguntas que yo sola no me puedo contestar; me detendría a hablar más con las personas sin importarme apenas sus deseos de abandonar la conversación (sería una auténtica egoísta). Ah! E importante: aprendería el difícil arte de dar y recibir abrazos…!Qué difícil dar abrazos! ¿Cuándo darlos, cuándo pedirlos sin resultar egoísta o forzar a la otra persona a hacer algo que en realidad no quiere hacer, cómo extender los brazos, qué fuerza ejercer, cuánto tienen que durar…? Buf! Como destreza, el abrazo es complicadísimo y, sin embargo, a cada minuto nacen en el mundo, en mi calle, enfrente de mis narices, nuevos artistas (siempre en pareja) que me recuerdan lo zopenca que soy estrujando pechugas.
Siguiendo con mi “si volviese a nacer”, si volviese a nacer probablemente también iría a clases de pintura para relajarme y procuraría siempre no ser “hija de”, “hermana de”, “amiga de”, “novia de”… Hay demasiados “des” en este mundo y yo no querría ser uno de ellos.
En definitiva, si volviese a nacer, me expandiría hasta decir basta, hasta no quedarme con ninguna cosa sin decir o hacer en mi interior; me buscaría mil interlocutores distintos y, posiblemente, mi novio se aburriría bastante más conmigo, pues todo lo que hoy en día le cuento a él se hallaría disperso en mil calles y mil cafeterías distintas, aunque, ahora que lo pienso, siendo de este modo me resultaría bastante difícil mantener una pareja a mi lado y estaría siempre a un paso de la soledad extrema. Nadie querría estar con una vividora de las palabras, de los abrazos, etc. y muy posiblemente esta pasión por todo terminaría por saltar de cama en cama y luego de lágrima en lágrima.
Si volviese a nacer, no sería más feliz de lo que lo soy ahora, lo sé, pero reconozco que hoy en día y en mi vida actual me provocaría una satisfacción enorme el poder conocerme como desconocida… ¿Qué aspecto tendría esta Iris? ¿Estaría hecha del mismo material que la de ahora? ¿Sentiría igual? Si hablásemos, ¿nos llevaríamos bien o por el contrario no tendríamos nada que decirnos? Creo, sinceramente, que me parecería una creída estridente con altas dosis de bipolaridad malsana y lo más posible es que para ella yo no fuese más que una mojigata, una cría asustadiza con ganas de todo y con valor para nada. También creo que esta Iris sería más sabia por contar con la experiencia del fracaso y me aventuro a decir que también más infeliz; me la imagino apagada, precisamente por querer consumirse tan deprisa, por pretender beberse la vida a morro en vez de echarse el mundo a poquitos en un vaso translúcido, que, al fin y al cabo, es el único que permite ver lo que se esconde tras él.
Conozco a algunas personas con cierto afán aventurero y me encanta oír sus experiencias y sensaciones; me lo paso genial escuchándolas y es como ir al cine a ver una “peli” que empieza siendo de acción y puede terminar siendo la historia de amor más melodramática del mundo o una de aventuras a lo Indiana Jones. Me encanta, pero no es lo mismo oírselas a un “tú” que oírselas a tu propia boca situada enfrente; es decir, me gustaría poder escuchar todas esas cosas de mí misma, porque significaría que las he vivido, pero a la vez me gustaría escucharlas con la seguridad de saber que lo narrado no ha afectado en absoluto a mi vida actual, que en realidad me gusta, porque es la que he escogido. Raro e imposible, lo sé… Supongo que este deseo responde a la curiosidad de pretender saber ya no sólo quién soy, sino quien pude haber sido o, quién sabe, quién seré. Curiosidad multidimensional…
En fin… Hoy por hoy no estoy en ninguna parte: el pasado ya pasó y es imposible anclarse en él, el presente viaja sin nombre en mi día a día hacia un futuro que se desestabiliza siempre como todos los sueños que aún no han tenido lugar. Es la primera vez en mi vida que dejo reposar la cabeza sobre la barandilla para ver todo el futuro en su esplendor, y de lo tan ancho que es no consigo vislumbrar el horizonte; me gusta y a la vez me aterra.
Hoy estoy aquí, hoy soy yo y ni siquiera eso: hoy soy yo y quien pueda ser cuando termine el día. ¿Y mañana? ¿Quién seré mañana? ¿Qué me ocurrirá? O, mejor aún, ¿qué me ocurrirá y qué dejaré que me ocurra? Hay tantas cosas que no dejo que ocurran, tantos abrazos sin dar, tantas letras sin escribir, tantos libros sin leer, tantas funciones a las que ir, tantas calles por las que no he cruzado para lograr encontrar significados ocultos, tantos transeúntes a los que parar, tantas conversaciones de cafetería, tantas personas por conocer…
Son sólo 25 años; eso me tranquiliza… Sí, pero ni siquiera tengo un plan.
Rapté este texto del fotolog de una amiga:
“La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita, saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de viajar, tomamos un voleto en una agencia de vapores, en vez de metamorfosear una silla en transatlántico.”
Oliverio Girondo, “Espantapájaros”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario