RAIN

domingo, 27 de septiembre de 2009

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Su conducta parece un poco rara.

Su conducta parece un poco… extraña.

- Miguel, ¿cuándo dices “extraña” estás queriendo decir “rara”?

- No, cuando digo “extraña” quiero decir “extraña”; es decir, peor que “rara”.

El otro día, de camino a la finquita y poniendo a parir a nuestro ya no casero llamado Cándido (@€~$%##@€ [simbolito de cerdo]), Miguel me hizo pensar un poco sobre el uso en cierto modo sofisticado que hacemos hoy en día de los eufemismos.

Empezaré, antes de nada, aclarando muy por encima lo que es un eufemismo y trayendo la clase de quinto de primaria a este fotolog. Un eufemismo es una palabra o grupo de palabras políticamente correctas que sustituyen a otras consideradas vulgares o de mal gusto; así, por ejemplo, resulta mucho más adecuado emplear términos como “alcohólico” o “centro psiquiátrico” para referirse a un “borracho” o a un “manicomio” respectivamente por disminuir considerablemente el riesgo de resultar afectada nuestra imagen social por hacer alusión a ciertas realidades del mundo un poco… crudas (he aquí otro eufemismo!). Estas expresiones eufónicas nos las han enseñado a tod@s en la escuela y creo, sinceramente, que es uno de los pocos aprendizajes aprovechables en la vida cotidiana de una persona: gracias a los eufemismos podemos expresar nuestro descontento con el mundo de forma más o menos abierta y permanecer en el marco de los privilegios sociales. En definitiva, podemos llamar connotativamente a nuestro jefe “imbécil” que mientras no lo denotemos nuestra nómina seguirá creciendo todos los meses. Sin duda, saber manejar los eufemismos es señal de ser un individuo competente, al menos en lo que a las relaciones interpersonales se refiere.

Asimismo, conviene aclarar que los eufemismos (digho eu) no existen más que como usos lingüísticos; es decir, no existen palabras que puedan ser tildadas de “eufemismos” por sí mismas, sino que dependiendo del contexto y del modo en que se empleen pueden llegar a resultar eufemísticas o no; así, todas las palabras pueden ser eufemismos de otras a las que se maridan semánticamente en relación paradigmática (esto es, “in absentia”) y, como en una metáfora tendríamos que hablar aquí de término real y término imaginado: “alcohólico” sería el término imaginario y “borracho” el término real por ser la realidad a la que queríamos hacer alusión y no nos atrevimos por condicionantes sociales.

Ahora bien, como usos los eufemismos pueden ser empleados de mil maneras distintas; la creatividad del ser humano es infinita y las metáforas que nos pueden surgir en torno a una misma realidad pueden llegar a ser de lo más variopintas. Un ejemplo: en la escuela siempre nos enseñaron que el eufemismo (si tal cosa existe) de “raro” era “especial”, “diferente”, “extraño”, incluso; con el empleo de estas expresiones indirectas una persona ya no sólo protege su imagen, sino también la de la persona a la que va dirigido el contenido del enunciado. No obstante, cabe pensar qué resulta más ofensivo: si llamar a alguien directamente “raro” o hacer uso de una expresión que, sabemos (porque lo sabemos), viene a decir más o menos lo mismo pero sin embargo dice otra cosa por miedo a ofender a alguien o a nosotros mismos con nuestra ofensa. Escogiendo un término imaginario para aludir a otro real estamos dando a entender a nuestro interlocutor que reconocemos el “insulto” del significado de las palabras, su significado negativo y que decidimos, además, emplearlo; eso sí, mitigado. El reconocimiento de ciertas palabras como eufemismos en cualquier discurso conlleva inherentemente el reconocimiento por parte del receptor del mensaje de la ofensa implícita que hay detrás de ellos y las opiniones veladas tras un significante menos agresivo (tal cosa existe?) puede n adquirir un significado ya no agresivo, sino violento. En el eufemismo está el significado implícito de lo que queríamos decir y no dijimos junto con la cobardía hipócrita disfrazada de cortesía social.

Tras todo eufemismo existe entonces una implicatura, pero, ¿cómo reconocemos cúando estamos delante de un eufemismo? Esto es, ¿cómo reconocemos si estamos ante un término real o ante un término imaginado? ¿Cuál es el término real y cuál el imaginado? Yo puedo decir de Miguel que “sus dientes son perlas” y ahí, y por nuestro conocimiento general del mundo que nos dice que es imposible que una persona tenga perlas por dientes, identifico plenamente cuál es el término real y cuál el imaginario; pero ¿y si alguien dice “fulanito es un alcohólico? ¡Quien me puede asegurar a mí que esa persona está intentando evitar una realidad denotativa con otra connotativa! Puede, efectivamente, que para esa persona “alcohólico” sea el término real al que quiere hacer alusión y la hace con su enunciado; puede que “alcohólico” no sea una metáfora. Asimismo, si alguien dice “fulanito es un borracho” puede que para ese alguien la significación del adjetivo “borracho” sea la más adecuada para describir a la persona que bebe mucho y por tanto no reconozca dentro de ella cierto valor connotativo que revela la implicación subjetiva del hablante en el momento de enunciación; también puede ser que sí reconozca el valor peyorativo de la expresión pero no esté de acuerdo y por tanto se mantenga al margen del “conflicto” semántico ; “borracho” en este caso no podría ser considerado un disfemismo (palabra o expresión deliberadamente despectiva o insultante que se emplea en lugar de otra más neutral; lo contrario a “eufemismo”).

Todo esto nos plantea un problema importante: la inexistencia (o el no conocimiento) en la práctica del término real al que en teoría alude tanto el eufemismo como el disfemismo parece neutralizar su valor en la comunicación y nos lleva irremediablemente a negar su existencia ya no sólo como formas de la lengua sino también como usos; como tal cosa es imposible, pues los usuarios de la lengua seguimos empleando “cosas” para comunicar “algo” (lo vago es siempre lo más certero o exacto) debemos pensar en los mecanismos que nosotros, como interactuantes, empleamos en nuestro día a día para hacer saber a nuestros interlocutores que a) sabemos en términos generales lo que significa “borracho” y “alcohólico”; esto es, su significado denotativo b) sabemos las connotaciones sociales que tienen ambos términos c) sabemos que emplear uno u otro puede afectar más o menos al modo en que los demás nos ven y el modo en que los demás ven a quien nosotros nos referimos con la expresión en sí d) sabemos que escoger uno u otro no nos compromete en absoluto con la veracidad o falsedad de la realidad observable de las cosas, pues ambos atienden a una misma o al menos parecida realidad empírica, sino que, en todo caso, sólo revelan nuestra actitud ante dicha realidad y e) sabemos escoger como uso lingüístico la forma que o bien mejor se ajusta a nuestra visión del mundo o bien es la más adecuada en el contexto; esto implica tener que decidir sobre si queremos salvar nuestra propia imagen y la de la persona afectada en caso de reconocer en el término “borracho” cierto matiz despectivo empleando “alcohólico”o decidir ser sinceros con nuestros pensamientos empleando “borracho” y asumiendo las posibles consecuencias que afecten a nuestro “prestigio” social.

¿Cuáles son entonces los mecanismos o las pistas por las cuales las personas damos a entender todo este proceso que deviene instintivo? ¿Cómo damos a entender a nuestro interlocutor que reconocemos en una palabra su valor eufemístico y decidimos emplearlo para así “implicar” un significado diferente en la comunicación? ¿Qué hacemos para avisar al otro de que “!aquí viene la metáfora!”?

Bueno, pues, aunque suene a perogrullo, yo creo que en la interacción oral damos a entender e identificamos estas metáforas (que no lo son) a través de la prosodia, por una leve pausa demarcativa antes del eufemismo y por una modulación descendente de la voz. (si controlase de asuntos de audio os pondría la secuencia por aquí y veríais la diferencia, pero soy muy lerdiña.) En la escrita convencional, la presencia del eufemismo se podría representar a través de puntos suspensivos.

Así, cuando Miguel me dijo No, cuando digo “extraña” quiero decir “extraña”; es decir, peor que “rara” en realidad me estaba apuntando que no fui lo suficientemente hábil como para interpretar la totalidad del mensaje. Si hubiese reparado antes en la significación de la pausa antes del eufemismo habría sabido que cuando él quiso decir “extraña”, en realidad quería decir eso mismo; la pausa en este caso era un accionador del eufemismo, necesario en este caso, pues, como bien nos han enseñado (o, al menos a mí me lo han enseñado así) “raro” es infinitamente más despectivo que “extraño”; con lo cual, la pausa ya no sólo sirve para introducir el eufemismo, sino para invalidar su uso convencionalizado. Y en esto, señoras y señores, consiste el lenguaje: en crear, en romper reglas, en avanzar y hacer más sofisticados ciertos usos de la lengua.

PD: Decir “pi” en “estoy hasta los piiiiiii de esto” también es un eufemismo; aunque en este caso no sé qué suena mejor: si el “piiiiiiiiii” o “cojones”, juas. ;-)

Otro día… Rayada sobre “¿qué construcción rara son los adultos?” Miguel dice que existen; yo digo que no. O que fai o viño…

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