La dominación no existe nunca para el/la que domina, sólo para el/la que es capaz de distinguir la muerte tras el plomo y el plomo tras la palabra; y como todas las personas empalidecemos cuando nos apuntan con una pistola y lloramos cuando nos disparan con palabras, la dominación ya no sólo existe, sino que dominación somos todos/as. Esta es una Verdad cuantitativa.
Sólo si algún día hiciésemos crecer una flor de la boquilla de un revólver o lográsemos deconstruir el significado de nuestro discurso, quedando ciegos de pensamiento, podríamos empezar a… gruñir de felicidad. La dominación seguiría viviendo con nosotros, cierto, pero ya no sabríamos reconocerla ni manejarla y de ella sólo brotaría una comprensiva margarita con regusto a Libertad.
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