RAIN

domingo, 27 de septiembre de 2009

La culpa y el sentimiento de culpabilidad

La culpa existe, resuelve enigmas y ayuda a rellenar huecos de información sobre la realidad que, eso sí, nunca sabremos si querían ser saturados de verdad. El sentimiento de culpabilidad también existe, claro, pero no resuelve ningún enigma, sino que se presenta más bien como el trasto (in)útil del que nos valemos las personas para o bien destrozarnos por dentro o bien llegar a la verdadera culpa y así poder empezar a odiar sin remordimiento alguno: a nosotros mismos o a los demás.

… Podemos sentir la culpa, podemos hacer que alguien la sienta… Y si la padecemos, no nos queda otra que sufrir la mirada reprobadora de diez mil dedos índices que, pesados, señalan primero nuestras cabezas para luego introducirse en ellas, removiendo pensamientos siempre inocentes sobre actos quien sabe si sensatos o insensatos… La mente del que se siente culpable se muestra a los demás como un caldo agitado, llevado hasta el punto de ebullición y el unto que de ahí sale ahoga sin remedio el poco aire respirable que queda en la olla… Nos quemamos, nos arden las ideas y entonces las soltamos, las precipitamos al suelo, donde musitan las verdades. Como dice mi tío Moncho: “as cousas que arden, pesan”.

… Es imposible tener la culpa de todo o de casi todo lo que sucede a nuestro alrededor y es más difícil todavía tener la culpa de sucesos que no existen más que en nuestra imaginación; por ello, os recomiendo distinguir bien la culpa del sentimiento de culpabilidad: la culpa se ancla en la Verdad de alguien, el sentimiento de culpabilidad simplemente os trinca las entrañas sin más razón que la imaginación.

Dejad de lado el sentimiento enajenado de la culpabilidad; y si en el peor de los casos alguien os tacha de culpables pensad lo siguiente: contáis con el 50% de probabilidades de que tal acusación sea incierta (que no mentira). Mmmm… No parece tan fácil ser culpable.

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