RAIN

domingo, 27 de septiembre de 2009

Hay que poner algo aquí, así que “hola, buen día; no desperdicieis el tiempo con palabras, como hago yo ahora”, por ejemplo.

(Contestación a Paquito sobre el texto de Ricardo Forster [abajo])

A mí me preocupa más que las palabras no se entremezclen las unas con las otras, que no creen un continuo que ayude a expresar una realidad que nunca debería ser universal y por tanto fascista [los conceptos (universales, generales) siempre son fascistas por no permitir que el individuo exprese su individuación]. Las palabras sólo deberían ser “cosas” que nos permitiesen transmitir a los demás nuestra visión del mundo; deberían ser humildes herramientas que nos ayudasen a cubrir las grietas de nuestro pensamiento, “apaños” carentes de prestigio y al servicio de las ideas.

Las palabras no deberían circunscribirse a ámbitos concretos; lo deseable sería que pudiésemos hablar de poesía a través de números, de matemáticas con metáforas…

No sé… Se valora tanto hoy en día el signo de la palabra que parece que olvidamos continuamente lo que queremos decir cuando hablamos; estamos cayendo en el nihilismo con el lenguaje y creo que tendríamos que atender a lo puramente sentimental que hay en él. Una solución? No sé… Deconstruir el lenguaje (cómo se hace eso?) para luego reconstruirlo ya no como arma social, sino como un instrumento musical con el que poder “transmitir”, sobre todo, sentimientos (los grandes olvidados).

Ahora ya sólo me falta decir que Dios ha muerto, proclamar la supremacía del Superhombre, establecer el valor positivo de la moral de los “señores” y cambiar mi apellido por Nietzsche.

Ahora en serio: odio el lenguaje, odio lo que las personas somos y hacemos a través del lenguaje (o a través de las lenguas¿? Mmmm) y quiero pensar que lo que oigo y leo no representa en absoluto la esencia de la naturaleza humana. La naturaleza humana no creo que pueda ser descifrable a través del lenguaje… La naturaleza social puede que sí. Cuando nos comunicamos a través del lenguaje (cual de ellos¿?) dejamos de ser nosotros para representar a todo el grupo de personas que hablan ese mismo lenguaje (lenguaje, lenguas¿? Confundo o en realidad es lo mismo¿?). La naturaleza humana será descifrable en todo caso por nuestras acciones… ¡Pero hablar es una acción, hacemos cosas con palabras!… No, hablar no es hacer cosas, hablar es inventar ficciones miméticas y arrojarlas al mundo con el propósito de hacer algo, pero en realidad nosotros no hacemos nada, es el lenguaje el que hace; nosotros no somos agentes del lenguaje, somos pacientes de lo que él mismo construye consigo mismo (muy peligrosa esta idea) y pacientes de lo que otros muchos han construido a través de él. ¿Y nuestras acciones? Mover los brazos, agarrar las cosas con las manos, tocar, sentir… Esas sí son acciones, transmutadas en vulgares palabras, prostituidas en formas extrañas de la lengua que hacemos nuestras para olvidar, una vez más, que estamos solos. Sí, con el lenguaje nos amarramos al mundo, a nuestros seres queridos e incluso a nosotros mismos; y como sucede en los matrimonios estamos atados, condenados a sentir lo que la palabra “matrimonio” crea a través de sí misma: nada. Las palabras no crean nada. Todo estaba ya inventado y lo olvidamos con el lenguaje; y creamos un mundo ficticio lleno de ideas ficticias sobre una realidad que ya ni siquiera existe en nuestra imaginación, porque la imaginación no existe; dejó de imaginar (y por tanto de autoengendrarse) cuando se maridó con el lenguaje.

Odio el lenguaje y de entre todos los lenguajes, odio el lenguaje académico, ni siquiera verbal, sino solamente académico: se remite a sí mismo, olvidando cualquier relación con la verdad falsa construida con palabras. El lenguaje académico es “meta-”, doblemente convencional, doblemente mentiroso. Lo odio.

Esto es lo que opino yo de las palabras. Y ya que existen creo que deberíamos emplearlas como pinceles multicolores para describir el conjunto de realidades irreales que pueblan el mundo y no como “gatos” para elevar el mundo a nuestros pies. Si las palabras son todas ellas “falsas” resulta absurdo elevar a unas cuantas al reino de los privilegios ( “vetusto” es “in”, “viejo” es “out”); es más, al elevarlas estas palabras son más falsas que las otras, con lo cual, carecen de menos verdad que las otras y deberíamos eliminarlas o reconvertirlas en sus usos dentro del sistema.

Y con esto no estoy diciendo, como el pirao de Platón, que exista un mundo inteligible y verdadero y otro sensible; no, no existe el mundo inteligible, ni la verdad, ni el bien ni gaitas; lo único verdaderamente real es la falsedad del mundo habitado con palabras, y puede ser maravilloso (mi idealismo es mundano), pero también una auténtica caca (¡Lenguaje académico! Perdón, tengo tos).

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