
Aquella mañana, y como cada día, sus ojos se posaron en las páginas de aquel libro con la intención de buscar sobre los nudos del lenguaje la lágrima que la había mecido la noche anterior justo antes de dormirse; en su lugar encontró una grieta, un pliegue de papel que atravesaba de arriba a abajo y como un caudal la poesía que acostumbraba a leer desde hacía años, arrastrando, desordenando los versos, las palabras y las lágrimas de toda una vida hasta la orilla de la página 119. Allí se desataron por completo; allí perdieron su sentido… Fue entonces cuando supo que ella no moriría de vieja, sino de incomprensión lectora.
Hoy apenas vive y los que la conocieron aseguran que no fue ella la que naufragó en el lenguaje, sino que el lenguaje naufragó en ella.
Después de una “confe” sobre afasias en la faculty me imaginé, como buena hipocondríaca, de vieja y afásica. Uno de mis temores desde niña es no comprender lo que sucede a mi alrededor, no poder expresarme y caer en el pozo de mi mente; creo que aún lo sigue siendo…
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